24/12/16

Sobre los despidos en Radio Nacional

Este editorial fue escrito en medio de una puja gremial por la estabilidad laboral de un grupo de compañeros periodistas, en medio de una campaña desangelada y condenada al fracaso, es decir hace más de un año. No se leyó ni publicó para no hacer olas infelices, pero hace rato que perdimos y seguimos perdiendo. Por esa sencilla razón y ante la tibieza de algunas autocríticas, alguna vez tenía que ser el momento.



Nos dejaron sol@s. Hace años que venimos diciéndolo, no desde setiembre de 2010, sino después de notar la desidia y la falta de compromiso de quienes debían garantizar los beneficios de los convenios colectivos de trabajo, las paritarias y la mismísima Ley de Medios para todos y todas los que ejercen profesionalmente el periodismo en el Sistema de Medios públicos. La progresía es así, contradictoria digamos. Nos convocaron para recomponer una radio devastada técnica y conceptualmente, convertida en una oficina pública que jugaba a ser una radio mientras un puñado de inescrupulosos hacían pequeños negocios privados con lo que quedaba en pie y en el aire. Nos pagaron a valor militante (es decir muy poco) con la promesa de una futura dignificación de las condiciones contractuales y luego estaban para cosas más importantes…tratando de salvar el propio bote en medio del naufragio.


Cuando se sienten abatidos, contrariados o directamente decepcionados, cuando recrear la mística depende de ustedes casi exclusivamente y otra vez los exégetas de la revolución te cuentan cómo hacerla porque resulta que vos naciste ayer y no te sale el soldado de Perón o de Cristina...cuando todo eso pasa, ustedes qué hacen?

Nosotros -no por creyentes ni franciscanos como los soldados de Perón, apenas porque bajar la cabeza no nos sale fácil- miramos al cielo, y tiramos un puñado de frases al aire, frases sueltas intentando explicar cosas complejas, como por ejemplo porqué el Estado que luce la Ley de Medios, que es orgullo de quienes la peleamos y soñamos aún antes de que existiese el kirchnerismo -que nos hicimos kirchneristas por su modo irreverente y transformador de asumir el peronismo- porqué ese Estado no reconoce derechos elementales y consagrados para todos sus trabajadores, porqué los contrata durante años como monotributistas, defraudándolos y defraudando al mismísimo Estado que impulsa el trabajo decente como slogan de inclusión y reparación.

Que quede claro de una vez que la única lucha que se pierde es aquella en la que se abandona la coherencia. Valor que el gremio que nos representa y defiende desde hace años no resigna y mantiene en alto, sin eso no hubiésemos llegado ni siquiera hasta acá. Pero durante mucho tiempo guardamos un silencio (un murmullo más precisamente) muy parecido a la estupidez, porque de tanto no abrir grietas ni señalar el desatino para no agrandar al “enemigo” terminamos así: defendiendo a grito pelado lo que legítimamente nos corresponde y susurrando entre compañer@s, entre bombos y altavoces lo que deberíamos decir en voz alta. Y no se dice ni siquiera con el diario de hoy, porque los que te dejaron así son todavía dueños de la franquicia que podría venir a rescatarte de algún otro (y flexible) modo.

Vayan entonces algunos apuntes. Nada (porque siempre fuimos incómodos, kirchneristas raros según algunas definiciones cariñosas) que no hayamos dicho en editoriales anteriores:
  • Las revoluciones no son para cualquiera, siempre existe el riesgo de que sus conductores acaben labrando en piedra el dogma de la revolución, consolidando el partido de la revolución y de tanto recitar “lo del jefe y los soldados”, la energía vital y los espacios de discusión abierta y política terminen transformándose en una magistral bajada de línea...Ay Víctor Hugo!, que nombre más fulero.
  • Asumiendo que en este país se tilda como “revolución” cualquier cosa que le saque un poco más de guita a los ricos para repartirlo un poco mejor entre los pobres (cita interna para Calamaro cuando dice que Media Verónica “confunde el amor con cualquier sentimiento”), deberíamos decir que el puñado de banderas que luego hizo realidad el kirchnerismo (al que adherimos por tomarlas, defenderlas y ayudarnos a plasmar en leyes o actos de gobierno muchas de nuestras aspiraciones) fueron cortadas, pintadas y portadas en cientos de marchas y movilizaciones, mucho antes de que Néstor y Cristina conformaran la fuerza que acompañamos durante estos 13 años. Síntesis: la “progresía de centro izquierda” ya estaba inventada y por cierto que no acordamos con los que los combatieron ofendidos por sentir que esas banderas les habían sido arrebatadas (un clásico de las izquierdas contra el peronismo). Finalmente porque el que suscribe es clara y definidamente peronista, lo fue siempre.
  • El Estado -no el menemista sino el que jamás toma medidas en contra de sus trabajadores- no puede ser el primer flexibilizador, el que ejerza fraude laboral cubriéndose con modalidades contractuales gracias a las cuales no paga impuestos laborales, vacaciones ni sueldos dignos a quienes sostuvieron con su laburo cotidiano una programación y una línea editorial que -paradójicamente- defiende con convicción y compromiso militante a esa misma gestión de gobierno. Algo hemos aprendido y desaprendido en estos años, la militancia es un valor en la práctica periodística, pues exhibe abiertamente la única cosa -no la paparruchada vetusta de la objetividad- que ustedes pueden reclamarnos...enunciar desde qué postulados ideológicos e incluso adhesiones partidarias les estamos hablando. Pero la militancia sin profesionalismo es como una espada sin filo, un martillo de goma espuma, una herramienta de utilidad limitada. Y otra cosa, cuando convocan a un profesional desde la militancia, es porque te van a pagar (digámoslo de nuevo, aunque hay deshonrosas excepciones) a valor militante, es decir tres guitas por el trabajo que a otros -profesionales militantes de la guita- les van a pagar muy bien, demasiado bien.
  • Desde lejos no se ve, desde el centro no se ve la periferia, desde el puerto no se entiende ni tampoco importa lo que se reclama tierra adentro y el interior profundo es tan profundo como esa metáfora geológica. Encubre en realidad una subestimación de las realidades, valores y virtudes de la diversidad no porteña, de los profesionales o de los militantes que hacen sus mejores esfuerzos por generar productos comunicacionales de calidad y ajustados a una agenda propia y regional (“para qué querés hacer nota con Carlotto? Nosotros hicimos una…tomala del servidor de la AM 870 y editala como quieras”). Esto es precisamente lo que no puede pasar en el sistema de medios públicos que luce la Ley de Medios como una escarapela en la solapa.
  • Y una profecía que puede cumplirse o no pero que nos gustaría traer a colación para cerrar este punteo sin orden de prelación. Cuando las mesas chica, mediana y grande se pueblan de obsecuentes y alcahuetes el final es casi inevitable. Y son esos precisamente los que suelen adoptar dos posturas igualmente indeseables: seguir lamiendo la media agujereada prometiendo volver con la misma cerrazón y odio que nos deja en esta derrota electoral inminente o bien (consumada la derrota) ser los primeros en traicionar ese legado, negándolo tantas veces como sea necesario y de acuerdo a sus conveniencias personales.
Otra vez, las revoluciones no son para cualquiera pero los descargos a tiempo sí. Va este entonces. Abrazo fraternal y cita del Bebe Cooke sólo para no cerrarlo solos:
“…sabemos que nada ocurre favorable al pueblo si no hay lucha, acción en las condiciones que se pueda. Sabemos que una correlación de fuerzas puede cambiar, pero a condición de que no se la considere definitiva e invencible”.