Trabajas sin alegría para un mundo caduco,
donde las formas y las acciones no contienen ningún ejemplo.
Practicas laboriosamente los gestos universales,
sientes calor y frío, falta de dinero, hambre y deseo sexual.
Héroes llenan los parques de la ciudad por la que te arrastras,
y pregonan la virtud, la renuncia, la sangre fría, la concepción.
A la noche, si hay neblina, abren paraguas de bronce
o se esconden en los volúmenes de siniestras bibliotecas.
Amas la noche por el poder de aniquilamiento que encierra
y sabes que, durmiendo, los problemas te desobligan de morir.
Pero el terrible despertar prueba la existencia de la Gran Máquina
y te repone, pequeñito, al lado de indescifrables palmeras.
Caminas entre muertos y con ellos conversas
sobre cosas del futuro y del espíritu.
La literatura vació tus mejores horas de amor.
Al teléfono perdiste mucho, muchísimo tiempo de sembrar.
Corazón orgulloso, tienes prisa de confesar tu derrota
y dejar para otro siglo la felicidad colectiva.
Aceptas la lluvia, la guerra, el desempleo y la injusta distribución
porque no puedes, solo, dinamitar la isla de Manhattan.
Dice Caetano: Escogí ese poema porque creo que está extraordinariamente bien escrito. Representa la densidad de la escritura de Drummond como pocos, y también porque evoca, desde que se produjo el atentado a las torres gemelas en Nueva York, que ese poema me impresionó por el hecho de contener magníficamente bien expresada toda la intensidad del resentimiento contra los EEUU, y también el sentido complejo de la verdad política que existe por detrás de eso que no es meramente un resentimiento.
Es muy complejo poéticamente y muy actual históricamente, justamente ahora que los propios jóvenes norteamericanos están haciendo caminatas protestando contra Wall Street.
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