25/12/11

Sonrisa de porcelana

Hoy no hay muchas noticias en los diarios, salvo las que se reiteran todos los años sobre personas quemadas con cohetes, familiares que ya no se venían soportando aprovechan el trago de más para ajusticiarse, así que lo mejor es leer una buena historia del Flaco Pagés.

Una obra maestra 
(José Luis Pagés, cuento 2011. Santa Fe Argentina)


Don Eduardo tiene ojos amarillos, biliosos, escondidos detrás de los gruesos lentes oscuros. A su lado, Doña Rosita, observa el juego con una sonrisa, acaso una mueca torcida en la cara sonrosada y regordeta que tiene algo de infantil, como una antigua muñeca de porcelana.
Ella usa el cabello cano recogido en un rodete y lleva puesto un delantal de cocina que no se quita ni los días de fiesta. No tienen hijos ahora. La chica que criaron trabaja en una cárcel australiana. El chico, todo un hombre, vive ahora en el delta del Paraná.

Con ayuda del viejo el muchacho compró un establecimiento con media docena de mujeres, un negocio que le deja buenas ganancias. Pero ellos no están solos, tienen un perro que una familia de gran corazón les dio en adopción el año pasado. Es un perro negro y furioso que vive atado al tronco de un limonero cargado de azahares y de pequeñas jaulas en las que saltan y pian algunos pájaros oscuros. Los chicos corren, gritan y sacuden las rejas.

Con cada golpe de pelota los viejos se sobresaltan, pero no dicen nada. Hacen como si nada hubiera ocurrido y siguen mirando el partido que los chicos juegan a la hora de la siesta en calle Garay.
Don Eduardo y Doña Rosita no descansan, con tanto ruido es imposible, pero tampoco trabajan, porque es domingo. Sin embargo ella lavó los platos y él los secó con un repasador gastado y rotoso.

A esta hora cualquier otro día de la semana los viejos estarían durmiendo la siesta, pero hoy no se puede. Por las tardes Doña Rosita acostumbra a recorrer el jardín con una pequeña regadera, unas tijeras y una palita. Sus preferidas son las hortensias, a ellas dedica la mayor parte de su tiempo.
Don Eduardo trabaja en el galponcito del fondo. Trabaja en lo que él llama su obra maestra. El galponcito a veces se ilumina con los chispazos de la soldadora y cuando él sale al patio, se quita las antiparras y con el pañuelo mugriento seca el sudor de la frente rugosa y amarilla, como sus ojos.
A veces conversa con Roberto, un vecino que asoma la cabeza por sobre el tapial y se muestra interesado en los progresos que hace el proyecto del industrioso Eduardo.

En las paredes del galponcito cuelgan decenas de jaulas vacías, ya oscuras y herrumbradas por el paso del tiempo. El viejo hace jaulas y las vende o las presta. Vende jaulas para pájaros y presta otras, más grandes, que son ratoneras y otras más grandes todavía en las que cómodamente entran dos gatos.
Y es precisamente una jaula para gatos la que Don Eduardo prestó a Roberto, con muy buen resultado. Es una jaula zonificada _así la define el viejo funcionario_ con una celda pequeña para el señuelo y otra, la jaula propiamente dicha, con un amplio recibidor para el minino.

La jaula tiene un piso de latón y una parrilla conectada a una fuente eléctrica de alto poder. El viejo, Don Eduardo, y la vieja, Doña Rosita, sentados bajo alero toman el té de la tarde mientras miran como los chicos de la calle siguen jugando a la pelota.

Y la maldita pelota rebota en las paredes y salta y golpea groseramente contra las rejas o las ramas de los árboles donde lo pájaros se alborotan y se caen los azahares.

De las fauces del perro negro chorrean hilos de baba blanca, pero la vieja es dulce en sus maneras y el viejo solícito y servicial con todos. El viejo hizo muchos amigos entre los vecinos a quienes prestó la jaula eléctrica, un artículo que no se consigue en el comercio y cuya existencia desconoce la enorme mayoría de las personas, las mismas que sin imaginarlo siquiera se benefician con sus resultados.
Algunos vecinos le están reconocidos a Don Eduardo y le agradecen cuando lo visitan en Navidad, otros le tienen ojeriza y se apartan de ellos con aprensión. La pelota va y viene entre gritos y ladridos, palabrotas, insultos y amenazas que sobresaltan a la pobre vieja y también al viejo funcionario cuyos dedos retorcidos se crispan sobre los apoyabrazos del sillón hamaca.

Por fin la pelota salta por sobre la reja y cae a los pies de Doña Rosita que se agacha y en vano hace el intento de tomarla con sus manos. La vieja se pone de pie, alisa el delantal y con paso lento desaparece en el vano oscuro de la puerta.

El viejo va detrás cargando con las tazas. “Vamos mujer, vamos que yo la sigo”, le dice, mientras los chicos piden a gritos y suplican de rodillas que les devuelvan la pelota. Arman tal escena, los muy degenerados, que parten el corazón a cualquiera. Pero Don Eduardo y Doña Rosita, hacen como que no ven, ellos no escuchan nada.
Después, una llave cierra la puerta que da al jardín de la calle Garay. La puerta tiene una mirilla y la ventana, otra igual.
La pelota abandonada a su suerte rueda libremente por la pendiente del patio y se pierde bajo las hortensias florecidas, bajo las matas tupidas que cubren la obra maestra de Don Eduardo: una jaula nueva, más amplia, con una puerta-trampa que permite el ingreso de un perro grande o acaso de una persona.

Los chicos gritan como salvajes y se prenden de las rejas, se aferran a ellas, las sacuden y uno de ellos comienza a trepar para invadir el frente abandonado.
Según alcanzan a ver los viejos a través de la mirilla la pelota se detuvo sobre la parrilla eléctrica.

Ahora sí, llegado el momento, él la mira a ella como buscando su aprobación y ella le responde con una dulce sonrisa de porcelana.

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