Cualquiera que haya militado quince minutos en cualquier agrupación política sabe que la violencia cotidiana está al alcance de la mano. Lo saben –y de hecho muchas veces practican distintos niveles de presión– los muchachos de Franja Morada, los del PO, el MST, el PC, la Cámpora, la JUP, las organizaciones sindicales, las fuerzas de seguridad, el macrismo. El que dice haber militado y no ha dado ni recibido un buen trompazo alguna vez no ha militado. En marchas, en congresos, en elecciones, son tantas las fricciones que se generan que ya es parte de cierto folklore anecdótico cierta violencia de baja intensidad.
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Resulta interesante pensar cómo la sociedad ha estigmatizado al movimiento obrero organizado como un foco de generación de violencia permanente y, al mismo tiempo, ha sido contemplativa con otros sectores. El matonismo en el sindicalismo quizás sea resabio de una época en que la derecha usaba a las Fuerzas Armadas y la policía para reprimir. Hijas de esas represiones brutales –entre otras causas– son también las organizaciones político-militares de los años setenta. Paralizar un país cortando sus rutas durante 50 días con militantes rentados, con ruralistas armados con escopetas al costado de las rutas, es quizás la mayor muestra de la “impolítica”, de la violencia fáctica que hemos debido soportar los argentinos. Pero eso no es violencia, claro, es respuesta ante la “soberbia gubernamental”."
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